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Carlos Salazar


28 años

E-mail: papeluchoasesino@gmail.com

EXPERIENCIA CAGE

Antes de ser considerado un compositor contemporáneo fundamental, Cage fue un músico extraterrestre que renegaba de las partituras, utilizando el azar como un gran pentagrama. Dentro de sus méritos más notables están el dibujar notas sobre papeles arrugados de manera aleatoria, que luego interpretaba para provocar piezas totalmente inclasificables.

La Academia se preguntaba si el emperador no estaba desnudo. "Me gusta pensar que estoy fuera del círculo de un universo conocido, y manejando cosas respecto de las cuales no sé absolutamente nada", respondía él.

Por entonces toda la vanguardia hervía con los happenings y las acciones de arte de Duchamp.Por entonces, este John Cage —que nada tiene que ver con el personaje de Mortal Kombat— hablaba del futuro de la música con la propiedad del profeta.

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"Creo que el uso de ruidos en la composición musical irá en aumento hasta que lleguemos a una música producida mediante instrumentos eléctricos, que pondrá a la disposición de la música cualquier sonido y todos los sonidos que el oído pueda percibir", dijo en la década de los 30.

Décadas después la electrónica y el ruidismo en el rock lo cubrían todo. Sesenta años después el músico nacional Sebastián Jatz (33) se encontraba con las primeras grabaciones del compositor y se obsesionaba, como tantos otros, con el mito.

Lo hacía con piezas de Cage como “4,33” (1952), una obra emblemática cuyas partituras obligan al intérprete a sentarse frente al piano durante cuatro minutos y treinta y tres segundos, sin hacer otra cosa que llevar adelante todo el ritual de un concierto, sin presionar ni una sola tecla.

La idea de Cage era que el silencio, la tos de la señora amante del arte, el crujir de las butacas y el palpitar del corazón del espectador junto al sistema nervioso del intérprete, fuese la música. En el video de abajo, esa obra interpretada por el pianista David Tudor.



Jatz recopiló, tradujo, leyó y encargó todo lo que pudo sobre el señor Cage. Leía una y otra vez la biografía del compositor que escribió Richard Costelanics, y le rayaba los bordes con notas. Hoy el libro parece un cuaderno de ecuaciones.

“Ese libro era una antología de Cage, una panorámica que me dio vuelta la cabeza”, dice. Ahí se enteró por primera vez de la existencia del Musicircus (1967) , la obra que “llevará a cabo” en el Festival de Música Contemporánea de la UC, donde cada año se presenta con alguna creación propia.

“Quiero estar ahí, quiero oírlo. Siento que estoy devolviéndole a John Cage parte de todo lo que él me ha dado. Quiero cumplir con su cadáver”, dice.

La idea del compositor chileno tiene tanto de heroica como delirante, por su magnitud (150 intérpretes) y porque la primera vez que se levantó la carpa de “La Experiencia Cage” fue en 1967 en EE.UU. Desde entonces se ha realizado no más de 10 veces en Bélgica, Inglaterra, España y Australia. Esta será la primera vez que se haga en Latinoamérica.

“El Musicircus original no era solo musical. Llevaba pintores, actores y mimos también, pero duraba más de cinco horas. En este caso lo quiero reproducir exclusivamente de manera musical”, cuenta el Quijote de esta historia. El coleccionista de músicos. El señor Corales de este circo. El que decidió buscar a la mayoría de sus intérpretes, fuera de la Academia.

 

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